Colas de cocodrilo (Lucas Gress, 2021) es un relato breve que describe el asombro de un muchacho y su madre al observar frente a la playa unas colas colosales de cocodrilos. En breves párrafos el lector apreciará la fragilidad de la humanidad frente a la naturaleza.
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| Imagen de Adri Ocaña: "Cola de cocodrilo" |
COLAS DE COCODRILO
(Lucas Gress)
La tempestad de aquella tarde había dejado un mar embravecido de olas picadas de espuma que corrían como lágrimas sobre los riscos. De pronto la lluvia había cesado y el viento daba tregua a las palmeras que se posaban nuevamente erectas. El muchacho entonces miró por la ventana y allí, en la playa, pudo ver, majestuosas, las colas de varios cocodrilos que parecían orquestar las olas. Sin esperar ni un segundo llamó a su madre para mostrárselas.
La mujer, impactada, pues debían ser colosales aquellas criaturas que asomaban sus colas por encima de la playa, se aproximó a cerrar cada pasador y cada cerradura de la casa con un temor que no había sentido en mucho tiempo. El muchacho entonces atinó a decir que no había visto bestias semejantes en toda su vida viviendo cerca de la playa.
—¿De veras es posible que haya cocodrilos en esta playa? —exclamó.
—¡Por supuesto! —le respondió su madre—. La bahía del caimán no lleva su nombre por nada.
—Nunca en mi vida había visto cocodrilos tan de cerca —suspiró el muchacho todavía asombrado, pues en todo el tiempo que llevaban viviendo allí nunca nadie había reportado algún ataque a un pescador o bañista.
—Es porque nos tenían miedo —suspiró su madre. —Les quitamos su hogar hace mucho tiempo. Aunque ahora pareciera que jamás les arrancamos esta tierra de su memoria. Ahora que no hay más gente en las playas, todos ellos están volviendo a su lugar de origen. —Después de un rato, agregó: —Anda, ve a ver si está cerrada la ventana de tu alcoba; quién sabe si, después de todo este tiempo, ellos estén dispuestos a perdonarnos o si decidirán aprovecharse de nuestra vulnerabilidad, tal y como nosotros lo hicimos cuando todavía éramos muchos.
Y mientras el muchacho hacía lo que su madre le había pedido, la mujer no dejaba de ver aquellas colas majestuosas haciendo un vaivén con las olas de la playa: —A lo mejor —pensó para sí— ¿Es así como miran el mundo las especies en vías de extinción?
Y mientras la mujer se enredaba entre reflexiones, el muchacho pensaba con horror en las incontables ocasiones en que él y su madre cruzaban la bahía en una endeble lancha de plástico hasta la playa vecina. Unas aguas infestadas de cocodrilos cuyas colas seguían danzando al ritmo de la tormenta.
