En el borde
Los labios me sabían a sal. La humedad tenía mi cabello hecho un lío. El Capitán tuvo que darme algo para el mareo: una cuba, pensé yo, como las que te suelen dar los amigos para alivianarte de los malos ratos. Pero el Capitán me dijo que ningún marinero responsable bebe ni una gota de alcohol mientras navega, que sería insesato. Me dijo ésto y me acercó un vaso con agua y una pastilla que engullí temiendo que lo que había en el vaso fuera un poco de ese páramo desolado en donde los rayos del sol se reflejaban iracundos y sofocantes. Sin embargo, era sólo agua pura y cristalina, sacada de algún ánfora oculta en el camarote del Capitán pues, además, estaba fresca como la brisa de la madrugada en que zarpamos. El calor se volvía cada vez más insoportable conforme pasaban las horas. El oleaje, que fue atenuándose conforme me iba acostumbrando a la marea, se había vuelto bochornoso y aburrido. Tal vez porque mi vida parecía tan ajena a la de todos los demás. O quizás porque mis ...