En el borde
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Los labios me sabían a sal. La humedad tenía mi cabello hecho un lío. El Capitán tuvo que darme algo para el mareo: una cuba, pensé yo, como las que te suelen dar los amigos para alivianarte de los malos ratos. Pero el Capitán me dijo que ningún marinero responsable bebe ni una gota de alcohol mientras navega, que sería insesato. Me dijo ésto y me acercó un vaso con agua y una pastilla que engullí temiendo que lo que había en el vaso fuera un poco de ese páramo desolado en donde los rayos del sol se reflejaban iracundos y sofocantes. Sin embargo, era sólo agua pura y cristalina, sacada de algún ánfora oculta en el camarote del Capitán pues, además, estaba fresca como la brisa de la madrugada en que zarpamos.
El calor se volvía cada vez más insoportable conforme pasaban las horas. El oleaje, que fue atenuándose conforme me iba acostumbrando a la marea, se había vuelto bochornoso y aburrido. Tal vez porque mi vida parecía tan ajena a la de todos los demás. O quizás porque mis espectativas, alejadas por mucho de lo que veían mis ojos, me tenían esperando el momento en que alguien gritara "¡Tierra a la vista!" o ver en el horizonte alguna bandera pirata surcando el mar. Algo, cualquier cosa que rompiera con ese tedio de nueve horas.
Pero sólo estábamos nosotros, el ruido del oleaje, el rumor de las gaviotas y el sol en el cielo razo caminando con una lentitud emfermiza. Ni una canción, ni un poema, ninguna de esas cosas de romance que millones de personas se imaginan fuera del mar. Nada. Sólo un paseo sin vista en el yermo líquido, y ese mareo de los mil demonios yendo y viniendo constantemente, y aquella inmensidad capaz de tragarse al mundo y toda su civilización.
Terminé por quedarme dormido, volcado junto a un mastil aceitado por el reguerdo de las entrañas de peces y mariscos, entre el tumulto de aquellos hombres bravos que apenas si se quejaban de las inclemencias del viaje, y que en cambio participaban despreocupadamente en todas esas labores que yo no terminaba por comprender. Desperté cuando el sol por fin había dejado su cenit y ahora se prolongaba con gran velocidad tras el horizonte. El Capitán dijo que estábamos a punto de llegar a tierra. Los marineros se veían cansados, pero felices, y contemplaban ese rincón infinito del mundo que acababamos de pisar. Lo miraban con un sentimiento como de nostalgia, como una despedida amarga y complaciente. Me acerqué a ellos, les pregunté que miraban y ellos me contestaron con su silencio.
Allá, a lo lejos, una bola de fuego caía hasta el fondo del océano; un velero, tan diminuto como un grano de arena, acompañaba con su sombra un espectáculo efímero, y en el cielo, la proyección de un millon de estrellas dibujaban el principio de la noche. No lo comprendí al principio, y me hubiera gustado entenderlo igual que aquellos duros hombres. Cada día, después de trabajar, podían parar un momento allí y contemplar, desde los confínes de nuestro mundo, un fragmento del infinito.

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